Cómo escribir un libro pésimo

Capítulo 4 – Del primer párrafo

Sep
18

Hoy decidí salir. Hacía meses que no veía el mundo exterior. Esta mañana, la señora de Flandes, mi madre, me amenazó que de seguir así tendría que echarme a la calle. Gritaba que no es bueno para la salud vivir encerrado y que no entendía por qué no tenía amigos. Yo, con gran placer, le hubiese explicado que la amistad no existe, que los hombres son egoístas por naturaleza y solo se mantienen juntos, pegados unos a otros, por necesidad. Pero qué puede saber la señora Flandes.

De todas maneras, decidí salir para romper con la poca producción de los últimos días. En realidad, había escrito varias páginas de una novela. Pero al final las utilicé de papel higiénico. Algún día escribiré del placer de limpiarse con una obra propia.

Salí del pequeño PH de Palermo y caminé hasta la parada de colectivos. La ciudad me pareció igual de fea que siempre y respiré aliviado porque, después de todos estos meses, no me había perdido de nada. Las paredes seguían sucias, llenas de carteles de publicidad, propagandas de políticos, de avisos policiales; las veredas parecían buscaminas, y cuando uno menos lo esperaba, ¡zas!, una baldosa asesina se giraba y lanzaba su esputo contaminado con quién sabe qué tipo de bacterias y microbios. Por eso yo camino, siempre, por el borde de la acera.

El viaje también fue igual de feo. No quiero describir el tipo de gente que viaja en esos transportes. Solo diré que varias veces tuve que presionarme la base del dedo gordo (una técnica usada para evitar el vómito). Para distraerme, releí unos artículos sobre la importancia de arrancar una novela con un buen primer párrafo. ¡Qué idioteces! ¿A quién están dirigidos esos artículos? No niego que el inicio ha de ser bueno, pero también el medio y el final. ¿Habrá algún escritor que de verdad crea en estos consejos sin sentido?

La casa de Tía Marta se ubicaba en La isla, un barrio cheto de la zona Nordelta. Por supuesto, no me dejaron entrar al barrio, ni siquiera cuando les dije que era el sobrino de la Tía Marta. Dos muchachos de seguridad, que parecían más jóvenes que yo, me sujetaron de los brazos con violencia, pero al ver que yo no oponía resistencia (aunque a decir verdad sí que estaba luchando con todas mis fuerzas) se limitaron a sentarme en una silla. Esperaba que me golpearan o que me amenazaran como hacen en las películas. Pero se mostraron tan amables que no tuve más remedio que contarles todo. Que mi madre era hermana de la Tía Marta y que ésta tuvo más fortuna que mi progenitora pues había heredado mejores tetas y una cola más redonda.

Los muchachos de seguridad llamaron a todas las Martas que conocían. Y cuando dieron con la correcta, sus caras se transformaron. ¿En serio sos sobrino de La Señora Marta?, parecía que se preguntaban.

«¿Querés gaseosa, café?», ofreció uno de ellos, el más blancón.

«No, gracias, esperaré aquí», contesté, y al ver que no se apartaban, agregué: «A solas».

Se metieron a la casilla hablando, repitiendo que si necesitaba algo que los llamara. Yo no entendía mucho su comportamiento, pero supongo que ser el sobrino de una de las mujeres más adineradas del país, tiene cierto impacto.

Poco tiempo después, un auto negro llegó a buscarme. Se detuvo a poca distancia y cuando se supone debía bajar un grandulón vestido también de negro, una muchacha con un hermoso vestido blanco me abrió la puerta trasera del auto.

Mientras caminaba hacia el auto miré de reojo a los muchachos de seguridad que no podían creer la suerte que tenía yo.

Una vez en el auto, hubiese preferido guardar silencio, pero la muchacha comenzó a hablar.

—Hola, tu tía Marta te está esperando.

—Bien.

—¿En serio te llamás Oliverio? —dijo tratando de evitar la risa.

—¿Te parece gracioso? —le pregunté con toda seriedad.

—Si no te molesta la verdad, pues sí.

—La verdad nunca me molesta —respiré tranquilo y me limité a mirar por la ventana.

Las casas parecían de otro planeta: enormes, con paredes y techos desiguales, con grandes jardines cuidados hasta el mínimo detalle.

—¿Vos no sos mi prima Alejandra, no? Hace mucho que no la veo. En realidad, nunca la vi.

—No, me llamo Lúa, trabajo para la señora Marta desde hace tiempo… Ya está, llegamos.

El auto se detuvo y apenas me dio tiempo para procesar tan bello nombre, Lúa.

Nos bajamos y la casa que se abría ante mis ojos era indescriptible. ¿Qué haría yo en una casa como esa?

Consejo 4 – Del primer párrafo

Sep
18

consejo4-del-primer-parrafo

 

Como se ha venido insistiendo, el escritor de libros pésimos no debería invertir su preciado tiempo en tratar de definir una idea dramática o temática ni pensar en estructuras que ayuden a dibujar la historia.

El escritor de libros pésimos escribe. Punto.

De modo que pasaremos a la parte crucial de la escritura: el inicio o primer párrafo.

Los manuales y tutoriales tratarán de asegurarnos que un libro bueno comienza con una frase atrapante, única. Estos mismos autores se empeñan en lanzar grandes discursos sobre la importancia del primer párrafo y hasta llegan a decir que si se falla en el inicio, todo mérito posterior será en vano. Y por si esto no fuera suficiente para infundir miedo en el aspirante a buen escritor, aseguran que en tan solo diez segundos el lector decidirá si sigue leyendo la obra o no.

Pobres ellos; todos.

Una vez más, para fortuna nuestra, nada de eso nos afecta. El escritor de libros pésimos es inmune a esta clase de artificios porque cree que una obra ha de empezar como tiene que empezar.

Pero a fin de no caer en las mismas aguas donde navegan los grandes, hemos de conocer por qué ellos hacen lo que hacen. O lo que es lo mismo: ¿Por qué los buenos escritores le dedicaron tanto tiempo al inicio?

 

  1. Llamar la atención del lector.

Qué nadería. ¿A quién le interesa lo que pueda pensar otro ser humano? Y menos aún tratar de llamar su atención. ¡Por las barbas de un choclo!

Se advierte al escritor de libros pésimos que si consigue llamar la atención del lector, está perdido, pues su camino hacia el éxito estará asegurado.

Para evitar tan desafortunado episodio, se sugiere que se utilicen frases aburridas y sin propósito. De esta manera, se asegura que el lector pierda todo interés en nuestra obra, y como consecuencia tendremos un magnífico libro pésimo.

 

  1. Aprender de los clásicos

Los grandes escritores aprendieron de los grandes que los precedieron. Veamos algunos ejemplos:

El extranjero (1942), de Albert Camus

Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.

 Historia de dos ciudades (1859), de Charles Dickens

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos directos al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto.

 Moby Dick (1851), de Herman Melville

Llamadme Ismael. Hace años, no importa cuántos exactamente, hallándome con poco o ningún dinero en el bolsillo y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de ahuyentar la melancolía y arreglar la circulación.

 El gran Gatsby (1925), de Francis Scott Fitzgerald 

En mi primera infancia mi padre me dio un consejo que, desde entonces, no ha cesado de darme vueltas por la cabeza. “Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien -me dijo- ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas…”

El guardián entre el centeno (1951), de J.D. Salinger

Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada.

 Lolita (1955), de Vladimir Nabokov

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Mi pecado, mi alma. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.

Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.

Como se mencionó más arriba, estos inicios están diseñados para llamar la atención del lector. Un escritor de libros pésimos jamás caería tan bajo. De aquí se desprende el consejo final: ve, estudia estos inicios y revisa tus textos. Si son tan buenos como estos, atraparás al lector y, tarde o temprano, tendrás éxito. Aléjate de ese camino.

Capítulo 3 – Del estilo

May
16

El día que Oliverio Flandes encontró trabajo, se hallaba escribiendo una nota muy importante sobre el estilo. En realidad, no la escribía aún, pero ya le parecía masticar inmortales pensamientos.

Odio mi estilo. Ni siquiera debería llamarse estilo. Y encima creo que estoy engordando. Tengo que volver a hacer yoga. No entiendo nada. Intenté escribir como La Bruyére, como Tolstoi, Dickens y hasta Borges. ¿Y qué he conseguido? Un estilo vulgar, llano, liso, muerto. Una noticia en el periódico se podría leer con más interés que mis escritos. ¿Por qué, por qué? ¿Será la influencia de tantos escritores pésimos? Porque aunque uno no quiera, esos escritos están ahí, y los leemos desde pequeños, en las revistas, en la TV, en los periódicos. O será porque, aún reconociéndolos, no encontramos la manera de deshacernos de ellos.

Cuando estuvo a punto de volcar sus ideas en la Moleskine negra, su madre le llamó a comer.

—Te conseguí trabajo.

—Mamá, cuántas veces te he dicho que no te metás en mi vida.

—Y cuántas veces te dije yo que tenés que colaborar con la casa.

—O sea que es por dinero. Sabía que en el fondo eras una vulgar capitalista. Por un momento me engañaste contándome que habías sido activista en la dictadura.

—Dije que era de izquierdas, no que no me importara el dinero.

—Dejálo, si ni siquiera sabés lo que significa ser de izquierdas.

—Te vas a quedar sin comida.

—Y ahora la represión del estado. ¿Segura de que no estabas a favor de la dictadura?

La señora de Flandes prefirió callar y terminó de echar la salsa de tomate sobre los canelones.

—¿Me vas a decir cuál es el trabajo?

Tras poner los platos sobre la mesa, la señora de Flandes contestó:

—Vas a trabajar para la tía Marta.

—¿Esa ricachona?

—Quiere escribir su biografía.

—¿¡Quiere escribir su vida!? Pero si la tía Marta es la mujer más aburrida del planeta.

—Te va a pagar en dólares. Dos mil dólares al mes.

Oliverio calló. Jamás había recibido tal suma de dinero por uno de sus escritos. A decir verdad, jamás recibió nada. Imaginó que ya empezaba a esbozar la sinopsis:

“La aburrida tía Marta nació en el pobre seno de una numerosa familia. Al crecer, la generosa vida le otorgó lo que más atrae a los superficiales hombres: unos exuberantes pechos, redonda y firme cola y una cómoda inteligencia. De este modo, fue fácil para tío Roberto dejarla embarazada apenas terminado el colegio. Se casaron y fruto de aquella unión resultaron Robertito, Miguel y Alejandra. ”

Esto es un asco, se quejó Oliverio. Otra vez los epítetos y la aburrida historia de la aburrida tía Marta.

—Más tarde va a llamar Martita —le interrumpió su madre— ¿qué le digo?

—Y lo que ya tenés pensado. ¿Crees que no te conozco?

—¿A qué te referís?

—Que ya has decidido que sí.

—No, por eso te estoy preguntando, ¡qué carácter, che!

—¡Bueno, decíle que sí!

Y tras esta breve discusión, Oliverio Flandes había encontrado su primer trabajo como escritor.

Consejo 3 – Del estilo

May
16

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Antoine Albalat en su libro El arte de escribir define:

El estilo es la manera propia de cada uno de expresar su pensamiento por la escritura o la palabra.

De acuerdo a esta definición todos tenemos estilo.

Asumiendo que lo anterior es verdad, y por tanto sin poder huir de ello, hemos de procurar la manera de lograr un estilo que no sobresalga.

¿Por qué? Pues porque si uno logra encontrar un estilo original corre el riesgo de volverse inmortal. Y un escritor de libros pésimos jamás pretendería tal nimiedad.

Para descubrir de qué debemos alejarnos, antes tenemos que verlo de forma más concreta. El mismo Albalat afirma que el estilo es “difuso, pálido, incoloro, cobarde, en los malos escritores; conciso, nervioso, con relieve, en los buenos.”

Ya tenemos una pista. En lugar de buscar la concisión en el estilo, podemos elegir un estilo flojo, que recurra a lugares comunes y llene de florituras nuestros textos. Con esto lograremos un estilo llano y elegante, gramaticalmente correcto y sin vida.

Podemos usar, por ejemplo, los siguiente epítetos:

  • La ironía amarga.
  • Horror indecible.
  • Una mirada fría y severa.
  • Un sordo rumor.
  • Un dulce éxtasis.
  • Una repulsión instintiva.
  • Un enemigo implacable, encarnizado.
  • Una emoción contenida.
  • Impaciencia febril.
  • Dulzura singular.
  • Cólera implacable
  • Excesiva reserva.
  • Cabellera abundante.
  • Rabia feroz.
  • Recuerdo odioso.
  • … y un largo etcétera.

Respecto a las florituras, huyamos de este consejo de La Bruyére:

“¿Qué dice usted? ¿Cómo? No comprendo. ¿Quiere volver a empezar? Ahora lo entiendo menos. Al fin adivino: Usted, Acisclo, quiere decirme que hace frío; pues ¿por qué no lo dice usted: hace frío? Quiere decirme que llueve o que nieva; pues diga: llueve, nieva. Me encuentra de buen semblante, y desea felicitarme; diga: le encuentro de buen semblante. Pero, me contestará usted, eso es muy claro y todo el mundo podría decirlo del mismo modo. ¿Qué importa, Acisclo? ¿Es un mal tan grande ser entendido cuando se habla, y hablar como todo el mundo?”

Un escritor de libros pésimos jamás escribirá: “Llorar”. En cambio, usará la construcción: “Derramar lágrimas”. Porque la palabra simple es muy poderosa, y los escritores de libros pésimos, como bien se sabe, somos unos cobardes. Y si algún advenedizo todavía cree que las palabras son solo palabras, es porque no ha leído a Guy de Maupassant:

“Las palabras tienen alma… Hombres instruidos, inteligentes, hasta escritores, se sorprenden también cuando se les habla de ese misterio que ignoran, y se sonríen encogiéndose de hombros. ¡Qué importa! No lo saben. Es como hablar de música a personas que no tienen oídos”.

Ya para finalizar, remarco la parte “hombres instruidos”, pues la erudición no enseña a ser buen escritor. Hay hombres muy inteligentes que jamás llegarán a ser escritores y habrá escritores brillantes que saben poca cosa del mundo.

De modo que si usted se cree una persona inteligente, todavía tiene la oportunidad de convertirse en un escritor de libros pésimos. ¡Ánimo!

Capítulo 2 – La Premisa

Abr
30

Oliverio Flandes cerró el libro y enfureció. ¿Cómo resumir toda una vida en una frase? Era imposible, y el “Rosebud” de Ciudadano Kane podía confirmarlo: “una palabra –Rosebud- no puede resumir la vida de un hombre”, afirmaban los productores. Ni una palabra, ni una frase.

Oliverio maldijo a la literatura, a los manuales, a los talleres. ¡Él solo quería escribir! Maldijo también  a la importancia que se le atribuía al análisis de técnicas, personajes, tramas, premisas y otras hierbas (de las que se fuman o las que se mastican).

Se maldijo a sí mismo, y vio la luz.

Supo de inmediato que si no tenía historia, ni personaje, no le quedaba otra alternativa que escribir sobre él: un joven aspirante a escritor ignorado por la sociedad.

Naturalmente, las preguntas surgieron a borbotones y la mayoría quedó sin responder. “¿Qué me convierte en un escritor? No he ganado ningún premio ni he publicado alguna obra importante. Bueno, en realidad no he publicado nada. Es que tampoco tengo nada terminado. Tengo ideas, pero no encuentro la manera de cerrarlas. Y para mayor INRI nadie me quiere pagar por mis escritos. Maldita sea. Pero tengo voluntad, qué miércoles”

Oliverio Flandes pertenecía a esa selecta (y en riesgo de extinción) raza de escritores natos. Estaba dispuesto a probar, por encima de todo y de todos, que era un talento incomprendido. ¿Teorías? No, gracias. Él solo creía en escribir. Sentarse a escribir. A veces lo hacía en su computadora, a veces en una Moleskine. Adoraba aquellos cuadernos de nota.

Tras cinco respiraciones profundas, ritual que Oliverio utilizaba como fuente de inspiración, se dispuso a escribir su primera frase; justo cuando su madre le gritaba desde la cocina que la cena ya estaba lista.

—Oliverio, sabés que para una madre es una gran alegría tener a sus hijos en casa, pero vos te pasás todo el día encerrado en tu pieza… y…

—¿A dónde querés que vaya?

—No sé, con tus amigos…. O que invités a alguna chica.

—Mis amigos, todos, ya tienen familia y sobre las mujeres, mejor ni entrar en ese tema.

—No me habrás salido maricón.

—Señora de Flandes, considero que tiene Usted cierto grado de ignorancia y no solo me ha ofendido a mí con esa pregunta que debería estar prohibida en pleno siglo XXI, sino que también ha faltado el respeto a numerosos hombres y mujeres que eligen cómo ejercer su sexualidad.

—Bueno, no te enojés, che. Solo era una pregunta. ¿No ves que quiero lo mejor para vos?

—Pues lo mejor sería que sirviera Usted ese Malbec y que conversáramos de cosas más mundanas.

La señora de Flandes, que conocía a Oliverio más que a ella misma, sirvió las copas y la conversación sobre “temas mundanos” siguió hasta que la media botella de vino del día anterior se vació.

Cansados, relajados por el efecto del alcohol, se retiraron a sus respectiva habitaciones.

Oliverio Flandes, a pesar del cansancio, tardó en conciliar el sueño. “Mañana será un gran día para escribir!, se dijo.

Consejo 2 – La Premisa

Abr
30

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La premisa es una promesa. Una promesa al lector (y al editor o productor) de que lo que está a punto de leer es asombroso e impactante.

Ahora bien, un escritor de libros pésimos (o al menos uno que aspire a serlo) jamás hará una promesa de ningún tipo. Antes o después lo aprenderán; se los prometo.

Sé, a ciencia cierta, que los grandes escritores han invertido muchísimo tiempo en encontrar esta premisa, o idea. Se dice que algunos tardaron semanas y otros hasta meses. ¡Pero qué insalubre!

Para fortuna del aspirante a escritor de libros pésimos, éste no ha de pasar por tal callejón de la muerte. Bastará con empezar a escribir. Eso es todo.

Por otro lado, hay tanto manualillo por ahí que ni siquiera los eruditos logran ponerse de acuerdo. Idea, tema, idea temática, idea dramática, premisa, premisa dramática, plot outline, storyline, tagline, high concept. ¿Los grandes escritores habrán lidiado con esos términos? Responder a semejante pregunta va más allá de las intenciones de esta obra. Lo que sí se pretende mostrar, es lo que todo futuro escritor de libros pésimos no debería hacer.

A saber.

Asumamos por un momento que hay dos conceptos que se deberían esclarecer desde el principio:

IDEA DRAMÁTICA (logline, premisa, concepto, anécdota): ¿Cuál es la historia? o ¿De qué trata?

IDEA TEMÁTICA (tema, idea controladora, tesis, principio fundador): ¿Qué se quiere decir con esa historia?

Y mientras un buen escritor luchará por encontrar esas dos ideas, nosotros huiremos como sabandijas que huelen la tormenta.

El buen escritor intentará definir su historia a través de (siguiendo a Robert Mckee):

  • QUIÉN (Un personaje: un empresario, un vagabundo, un robot, un gato, una pianista, etc.)
  • QUÉ QUIERE (el objeto de deseo: ganar una competencia, volver a casa, atrapar al asesino, liberar Escocia, etc.)
  • ANTAGONISTA (es el quién o qué le impide tener lo que quiere)
  • CÓMO (como lo va a resolver, o qué va a hacer para cambiar la situación… una especie de adelanto de cómo va a terminar nuestra historia).

Otros, también buenos escritores, trataran de completar la siguiente lista (ejemplo tomado del libro de John Truby: Anatomía del guión):

TOOTSIE

-Premisa Un actor que no consigue trabajo se disfraza de mujer y obtiene un papel en una serie de televisión, pero se enamora de una de las actrices de reparto.

-Posibilidades Podríamos ver cómo funcionan las citas modernas para bailar, pero también diseccionar la profunda inmoralidad que subyace en las mutuas actuaciones de hombres y mujeres en la intimidad más estricta.

-Retos narrativos ¿Cómo mostrar el efecto de las acciones inmorales del hombre contra la mujer sin parecer que se ataca a un género entero y al mismo tiempo mostrar que el otro género es inocente?

-Problemas ¿Cómo logramos que un hombre sea creíble como mujer, y entretejemos varias tramas hombre-mujer y hacemos una sola, y acertamos en los hilos argumentales, y logramos una historia de amor satisfactoria a nivel emocional mediante una serie de técnicas de farsa que coloquen al público en un plano superior?

-Principio fundador Obligar a un hombre machista a vivir como una mujer. Ubicar la historia en el mundo del espectáculo para que el disfraz sea más creíble.

-El mejor personaje La escisión de Michael al vestirse de hombre y de mujer puede servir como expresión física y cómica de una contradicción extrema dentro de su propio personaje.

-Conflicto Michael lucha contra Julie, Ron, Les y Sandy por amor y honestidad.

-Acción básica El protagonista masculino encarna a una mujer.

-Cambio del personaje

D-Michael es arrogante, un mentiroso y un mujeriego.

C-Al fingir ser una mujer, Michael aprende a mejorar como hombre y a amar de verdad.

-Decisión moral Michael sacrifica su ocio de actor lucrativo y pide excusas a Julie por haberle mentido.

¡Aléjate, satanás!  Pareciera que toda la historia ya está escrita. ¿Es que en este mundo no puede uno fracasar con tranquilidad?

Y si encima se define la idea temática, hay aún mayores probabilidades de tener éxito, porque toda la obra estará “inspirada” por tal declaración. Si no me creen, lean a Shakespeare:

-“El rey Lear”: La confianza ciega conduce a la perdición.

-“Macbeth”: La ambición cruel conduce a su propia destrucción.

-“Otelo”: Los celos lo destruyen a él y al objeto de su amor.

Y si a algún advenedizo todavía le quedan dudas y quisiera usar la premisa para escribir su historia, le recomiendo, a fin de fracasar, que lo haga mal.

Capítulo 1 – Las historias me eligen a mí

Abr
19

¿Encontraría la historia que buscaba? No iba a ser fácil. Últimamente se habían escrito tantos libros malos que encontrar una idea que fuese realmente pésima me parecía un trabajo de hormigas.

¡Hormigas, eso es!, recuerdo que pensé y no tardé en convencerme de que aquel minúsculo universo no le interesaría a nadie. Mi obra, mi gran obra, sería mas aburrida que un documental barato y menos científica que los artículos de las revistas paparazi.

Corrí hasta mi madre, mi mayor crítica y, curiosamente, mi mejor aliada en esto de convertirme en escritor penoso, y le mostré los tres párrafos que había escrito.

—Ah, va sobre hormigas —respondió con frialdad.

—Sí, imagináte, podría describir lo que ve una hormiga durante el día, o contar cómo se siente ante la salida del sol, porque ciertamente, no sentirán lo mismo que nosotros. O tomar a la hormiga reina como personaje principal y contar los informes de sus súbditos. ¿Cómo lo ves?

—Oliverio, me encantan tus ideas, lo sabés, pero ésta es demasiado buena. Correrías el riesgo de que se vuelva interesante y quién sabe si no terminás como el escritor Bernard Werber.

—¿Y ese quién es?

—Un francés que escribió una trilogía sobre las hormigas. Y encima recibió varios premios.

Maldito francés.

La depresión me envolvió como un pulpo amoroso. Y mi estado empeoró cuando a cada una de mis proposiciones recibía la misma respuesta: Eso ya ha sido escrito y ha triunfado.

En otra ocasión relataré el cómo me liberé de aquel afectuoso pulpo; por ahora, baste decir que mucho tiempo después, tuve una revelación.

De acuerdo, me dije, todos los temas ya han sido escritos. Y sin embargo siguen saliendo libros y películas. Algo ha de haber que los diferencie de las obras previas.

He aquí la revelación:

“No importa sobre lo que se escribe sino el cómo se lo cuenta”.

Corrí hasta mi cama, que hace las veces de escritorio, y escribí.

Consejo 1 – Las historias me eligen a mí.

Abr
19

Consejo1-No-escribas-algo-que-te-cambie-la-vida

Sé, a ciencia cierta, que muchos escritores han llegado a decir que no son ellos los que eligen sus historias, sino que las historias los escogen a ellos. Pura pedantería.

De acuerdo, quizás los genios tengan el permiso de realizar semejante proclama, pero nosotros, los que queremos escribir un libro pésimo, no debiéramos pretender tal grado de misticismo.

Porque a fin de cuentas, si uno se dejara elegir por las historias, ¿en qué consistiría nuestro trabajo?

Si “las historias se escriben solas”, ¿para qué existe la figura del escritor?

Además, los aspirantes a escritores pésimos no tenemos por qué desarrollar la intuición ni tratar de ser más sensibles. Eso es cosa de grandes escritores. No caigamos en la tentación, como el artista Miguel Ángel cuando afirmaba que su trabajo consistía en quitar lo que le sobraba al bloque de mármol, que la escultura ya estaba dentro de aquel trozo de piedra. ¿Será? Lo que yo creo es que el tipo aprendió a ver “eso que sobra”. Y para eso se necesita tiempo y dedicación.

¡Dios nos libre de eso! No gastemos ni un minuto en reflexionar sobre lo que queremos escribir. Total, nosotros no escribimos para vender ni pensando en el lector. Nosotros escribimos porque somos escritores.

Cuidado, Warning, Achtung: “No escribas algo que vaya a cambiar tu vida”.

Escribir tiene el poder de cambiar a las personas y, entre esas cosas, al propio autor.

Si quieres seguir siendo el formidable escritor que eres, aunque a veces incomprendido por esta sociedad dormida e incapaz de reconocer tus talentos, no escribas algo que vaya a cambiar tu vida.

Estás avisado.